martes, 1 de octubre de 2013

Breaking Bad todas las temporadas FULL DVD

En el panorama del entretenimiento audiovisual actual hay pocos espectáculos dignos de tal nombre, que te seduzcan de principio a final, con apenas altibajos. Hay películas o series que se convierten en fenómenos de culto, algunos de forma inmediata y otros, con el pasar del tiempo, son comprendidas de forma más amplia por una masa crítica de espectadores que las encumbran. A menudo, esta sensación viene determinada por la capacidad del espectáculo para trasladarte de tu realidad cotidiana al pequeño universo que logran dibujar. Suena fácil decirlo... crear esa atmósfera es otro cantar.


Algunos espectadores necesitan actores consagrados, iconos sobre los que pivote una historia determinada y sirvan de asidero frente a los altibajos que los guiones suelen presentar. Si hablamos de series, es demasiado común que la primera temporada impresione, y las siguientes bajen en intensidad... a menudo los guionistas no se plantean su producto más allá de la primera, no saben si tendrá éxito y la audiencia determinará una prórroga, o si irán de cabeza al limbo televisivo.

Si consiguen despertar el interés de los espectadores, toca continuar la historia, muchas veces en base a comentarios, reseñas o “sugerencias” de los tan temidos productores. Y el producto, en muchos casos, se resiente.

Sin embargo, hay apuestas valientes, sin actores consagrados,Breaking Bad o al menos sin los más conocidos de la parrilla, y cuyos recovecos están pulidos de principio a fin. Incluso aquí sus creadores corren el peligro de que la audiencia no comprenda de inicio la joya que tienen en sus retinas, y no pase de la primera o segunda temporadas. Son series que cuecen a fuego lento una trama, con personajes profundos, multifacéticos, intrigantes y memorables.





Así es “Breaking Bad”, una serie redonda de principio a final, con temporadas auténticamente magistrales y un final digno de su desarrollo y éxito. Una serie que rechazaron Showtime, TNT, FX y HBO. Coherente. Sí, señores productores y guionistas, apunten esta palabra. Coherencia, eso queremos en televisión, pase lo que pase. Muera quien muera, viva quien viva. Dure lo que dure.

Si algo puedo decir de esta serie es precisamente eso, en todo momento me pareció estar asistiendo a un espectáculo donde la credibilidad dominaba por encima de clichés y del habitual interés por alargar tramas en beneficio del negocio que representa el éxito de un espectáculo televisivo simplemente no tenía lugar. 

Vince Gilligan (“Expediente X”) ha creado la serie perfecta, y puede vanagloriarse de ello. Sin duda hay otras que llegan a su altura, o se quedan a las puertas –no pretendo ser gurú de nada- pero con la mayoría he tenido una sensación de muerte lenta terrible, como si agonizase un familiar sin esperanza. No ha sido así con “Breaking Bad”, definido por su propio padre como “un western contemporáneo”. Y no le falta razón, tanto en decorado (Alburquerque, Nuevo México), en fotografía, con sus personajes siempre al borde del desastre absoluto, a veces conscientes y otras ignorantes del peligro, pero sobre todo ese aire a duelo permanente, al todo o nada.

Walter White (Bryan Cranston) ha alcanzado la categoría de icono por méritos propios, saltando del decorado familiar arquetípico a la galería de los más buscados. De ganarse la empatía del espectador como padre ejemplar dominado por su esposa a hacerles dudar sobre su verdadero carácter, a descubrir al villano que todos llevamos dentro. Walter se convierte en un monstruo en parte por la inercia de los acontecimientos que su camino desata, pero también por su desmedida ambición, por su sed de venganza contra aquellos que le ningunearon. Se reivindica, pero por el camino lo pierde todo.

El protagonista de “Breaking Bad” no es un hombre de una pieza, con un carácter definido al que los espectadores puedan mirar como referente inmutable. Walter White reacciona ante aquello que le ocurre o que provoca, y cambia capítulo a capítulo, como sucedería si la trama fuese real. Y el espectador se siente fascinado ante ese cambio, quizá se sienta en parte reflejado en cómo piensa y actúa o le repugne, pero algo es seguro: a nadie deja indiferente. Sentimos al protagonista como si fuese un ser humano real, como si respirase y viéramos su vida por un agujero en una pared.

Breaking BadJesse Pinkman (Aaron Paul), en ocasiones el escudero y en otras la mayor debilidad del protagonista, gana enteros a cada temporada que pasa, y aunque no se libra en absoluto de sus impulsos, de lo destructivo de su carácter, de su explosividad, conserva durante toda la trama la humanidad que el propio Walter se niega, cegado en sus objetivos. Y le sirve de referencia para, en ocasiones, recordar qué es ser padre, ser amigo de otra persona. Jesse inicia la serie como un drogata sin remisión –de hecho su personaje iba a morir al final de la primera temporada y el buen hacer del actor lo evitó- y la termina en plena lucha contra sus demonios interiores. Valiente, por fin. Más humano que el propio Walter.

Gustavo Fring (Giancarlo Esposito) es sin duda uno de los personajes más interesantes y enigmáticos del show. Con su habitual gesto hierático, capaz de desarmar a cualquiera con un simple ademán aparentemente tranquilo, domina perfectamente el mundo criminal de la zona hasta que White, la horma de su zapato, se enfrenta a él. Ambos inician un combate mortal lleno de fintas, contrafintas y golpes maestros, que llega a abrumar al espectador. Quizás es el único personaje que no cambia demasiado durante el desarrollo de la trama, seguramente porque, como demuestran los flashbacks, ya tuvo su epifanía hace años. Es, posiblemente, un anticipo de lo que Walter podría llegar a ser.

El resto de personajes, como casi todos los principales, evolucionan, y la credibilidad y la coherencia se mantienen, sólo cambia la carga emotiva que depositamos en ellos. A unos somos capaces de amarlos y les perdonamos casi todo –caso de Walter White, Jr. (RJ Mitte) y Jesse- a otros los odiamos a cada paso que dan, a cada mirada que lanzan –como a Skyler White (Anna Gunn) o Marie Schrader (Betsy Brandt)- pero todos ellos evolucionan, los acontecimientos les cambian en mayor o menor medida. Y nuestra percepción de lo que son también lo hace.

Pocas veces sucede, pero esta serie está también impecablemente dibujada en el terreno científico, asesorada por Donna Nelson, profesora de química orgánica en la Universidad de Oklahoma. No sólo es realista en la elaboración de la metanfetamina –en realidad lo que vemos sólo son piedras de azúcar-, sino también en el efecto de las drogas en los distintos personajes, ingeniería y física. La DEA de Dallas les ha aconsejado en el apartado policial.

Desde enero del 2008 la serie ha acompañado al espectador en todos los vericuetos del guión, ha sabido conquistarle, con audiencias cada vez mayores, y una legión de admiradores creciente. No es de extrañar... si el panorama televisivo ha dado respuesta afirmativa a la exigencia de calidad por parte del espectador, con “Breaking Bad” este formato ha dado muestras de llegar a la categoría de obra maestra. Ya puede espabilarse el cine...



















Terminó por fin la serie, tras cinco temporadas. No sabe a poco, aunque sin duda podríamos haber disfrutado más episodios y habernos recreado más. Pero apostaría cualquier cosa, incluidos los bidones de Walter White, a que el sabor al final no hubiera sido lo mismo. Por el camino, diez premios Primetime Emmy, tres Emmy para Bryan Cranston, dos a Aaron Paul, uno para Anna Gunn, varias nominaciones a los Globos de Oro para la serie y el reparto, premio del Gremio de Guionistas de los Estados Unidos a la serie como la decimotercera mejor guionizada de todos los tiempos y récord Guinness a la mejor puntuada de la historia (99 sobre 100) en Metacritic (segunda en IMDB)...

Ayer 29 de septiembre muchos tuvieron la sensación de que a partir de ahora, cada domingo (o lunes, según la zona geográfica) les faltaría algo. Algo importante. Pero la mayoría creo que no cambiaría el final en absoluto, pocas mejoras se sugerirán, pocos matices habrán quedado fuera de la mente de los guionistas. La historia ha tenido su final, coherente como lo fue la serie durante estas cinco temporadas, a la altura de la reputación de White, de su polifacético carácter. Del padre, del amigo y del Padrino que es. Sin cabos sueltos.

Y por fin, nuestro amigo Walter no se engaña a sí mismo, no siente ya la necesidad de hacer pagar a otros por su pasado de simple padre exánime y sojuzgado. Sus impulsos de dominio, por fin satisfechos, ya no guían sus actos; sólo quiere terminar lo que ha empezado, y compensar de alguna forma a su familia por todo lo que la ha hecho sufrir en el pasado.


El final es previsible, sobre todo porque todos lo venimos rumiando desde al menos el episodio anterior –en realidad mucho antes, pero no por eso afeamos lo que vemos. Comprendemos, precisamente por el ansia de credibilidad que tenemos, y lo que esta serie nos ha dado en ese sentido, que DEBE ser así. No harían honor a la serie con un final sorpresivo, increíble. Lo esperábamos y lo hemos conseguido.





















Habrá un spin-off (“Better Call Saul”), con Bob Odenkirk (el inefable Saul Goodman) como actor protagonista. Pero no será lo mismo. “BB” ha terminado. 

Y querríamos no saber nada de ella y comenzarla otra vez.

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